Des(re)conexión

 


Imagen: Interstellar (Pinterest)


La característica más encomiable del ser humano, lo más puro, aquello que es inherente a su naturaleza, sale a relucir en la pausa. Cuando por cualquier factor externo el mundo a nuestro alrededor se apaga y podemos detenernos, reflexionar y observar hacia adentro.


El apagón de este 28 de abril nos demostró varias cosas. En primer lugar, que la mayor parte del tiempo lo pasamos tratando de cubrir nuestras necesidades materiales y esto nos impide centrarnos en nosotros mismos. Vivimos la mayor parte de nuestras vidas atrapados en el engranaje infinito de la producción, que cada vez amenaza con hacerse más grande y absorber más de nuestro tiempo. Solo cuando podemos escapar momentáneamente de este engranaje, salen a relucir las principales cualidades del ser humano; la reflexión, el valor de las relaciones interpersonales y la exaltación del arte. 


Paradójicamente, solo conectamos con nosotros mismos cuando nos desconectamos del mundo. Cuando no pueden obligarnos a producir, entonces podemos dedicar nuestro tiempo (entendiéndose como un recurso limitado, transitorio,...) a aquello que desearíamos hacer o que anhelábamos encontrar en nuestra esencia. A esas actividades que si bien no generan valor económico, son la brújula que nos ayuda a encontrar nuestro camino y nuestra razón de ser. Esto nos revela una verdad inexorable, y es que frente al individualismo imperante en la sociedad, el mayor valor se encuentra en lo colectivo. Como bien acuñaba Aristóteles, "el hombre es un ser social por naturaleza". Y como tal, en cualquier situación catastrófica queda de relieve que es el pueblo el que salva al pueblo. Los de arriba no van a venir a salvarnos nunca, por mucho que el sistema se esfuerce en hacernos pensar que sí. El verdadero progreso se cimenta desde la base, y es ahí donde debemos centrar nuestros esfuerzos. 


Por otro lado, se ha puesto de manifiesto la existencia de una fuerte relación entre la satisfacción de nuestras necesidades materiales y el conflicto social. Si bien es cierto que en muchos casos la colaboración es una de las principales conductas que podemos apreciar en estas situaciones, también ocurre el caso contrario, cuando nuestras necesidades materiales no se encuentran satisfechas, se crea el caldo de cultivo perfecto para la aparición del conflicto. En ocasiones este conflicto no se redirige como debiera y termina perjudicando al propio pueblo. Esto demuestra la importancia de dos factores fundamentales: 1) el sistema (principalmente hablo del capitalismo como sistema económico) trata de garantizar nuestras necesidades fundamentales con límites, de forma que no nos encontremos en una posición demasiado buena como para llegar a reflexionar y plantearnos dudas sobre su funcionamiento. Si no disponemos del tiempo suficiente y nos mantenemos ocupados en nuestra propia supervivencia, será más difícil que el conflicto estalle. En todo caso, la estrategia es que nos veamos como enemigos entre nosotros, que quedemos enfrascados en una lucha constante para que nunca les afecte a ellos. 2) Es en estos momentos de crisis cuando los sistemas corren más riesgo de tambalearse y producir cambios fundamentales. Depende del enfoque que le demos como individuos. 


Entre otras cosas, por eso es tan importante conservar unos servicios públicos de calidad y unos estándares mínimos. Por eso debemos alcanzar todavía muchos derechos en el camino, porque estos dos pilares (servicios de calidad y derechos) son la mayor garantía para nuestra convivencia y nuestra pausa, tan necesaria en la vorágine social posmoderna. 


En definitiva, la adversidad viene de vez en cuando para recordarnos quiénes somos y es nuestro deber aprender de ello y no olvidarlo cuando volvamos de nuevo a ocupar nuestro sitio en el eterno engranaje social. 

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